COSAS

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No sé qué hacer con estas tazas. Me las compré en Alemania en mercados navideños de diferentes ciudades. Una cada año, cada una con su año impreso. Son recuerdos bonitos, uno de esos recuerdos que abulta y pesa cuando se trata de armar cajas. Ya voy por la quinta y aún quedan cosas por guardas, bastantes cosas. No es la primera mudanza que hago ni será la última, creo, ni es la primera vez que me pregunto por qué guardo tazas, billetes de autobús y metro, bolis, y todo lo que crea que es un suvenir y que a su vez crea que no es el típico suvenir. El peso de las cajas me agobia, y no solo el peso real al levantarlas, también el visual cuando están todas apiladas. Me sale el lado más argentino-filosófico-psicológico y traigo al consciente los porqués y paraqués. ¿Por qué no tengo menos cosas? ¿Para qué guardo todo esto? ¿Por qué me aferro a estos recuerdos materiales? ¿Para qué quiero una taza de adorno?

Hace tiempo decidí que me volvería minimalista, como quien se hace vegetariano. Los objetos son un estorbo al igual que las grasas animales los son para las arterias. Me parecía interesante la idea de vivir con dos maletas: toda mi vida debería entrar en dos maletas. ¿Para qué más? Y luego me topé con los libros, las revistas y todas estas cosas que hoy estoy empaquetando, y las dos maletas se me quedaron pequeñas. ¿Por qué es tan difícil deshacerse de las cosas? Al lado de la taza de Heidelberg tengo un lápiz Parker de los años ’50. Este lápiz es precioso: La punta es dorada al igual que la parte superior, donde tiene una flecha antigua símbolo de la marca con un botón de nácar en el extremo; el resto del cuerpo es negro. Perteneció a mi abuelo materno y le tengo mucho cariño, pero lo cierto es que mi abuelo se lo encontró en la calle y nunca lo usó. Él era capataz de maltería en la cervecería Quilmes y no tenía ninguna actividad ni hobby que incluyera un lápiz. Con tantos recuerdos bonitos de él ¿por qué tengo un lazo emocional con este lápiz?

Esto también es parte del peso de las cosas: el apego emocional, ya que no son más que representaciones materiales de algo mucho más profundo. Al fin y al cabo, si rompo esta tasa el recuerdo sigue en mí. A ver si logro mirar más hacia dentro y que lo de afuera…lo de afuera, si es material y pesa, que se rompa.

(Barcelona, 5 de octubre de 2017)

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PERFECCIÓN

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Las veredas se extienden impolutas hasta el horizonte,

las fachadas lucen cada detalle al desnudo.

el tráfico se mueve sin necesidad de bocinas ni bravuconadas,

todo es pulcritud, armonía, civilización.

El suave murmullo de la gente en los cafés no altera la música de fondo,

las miradas se esquivan o se lanzan con disimulo,

las manos reciben a amigos y desconocidos con la distancia adecuada,

el espacio se respeta, ante todo.

Pero entre tanta perfección no encuentro la vida en estado puro,

sin barreras,  a corazón abierto;

no encuentro la sonrisa sin complejos ni ataduras,

el calor de los labios en mis mejillas,

o el cobijo de los brazos cercanos.

Me falta la risa espontánea y la cabeza en el hombro,

la charla casual con un desconocido;

añoro un vino fuera de agenda,

un dejarme caer y dejar que fluya alma.

ZUM KUSS o la oda al beso

ZUM KUSS

El calor que desprenden las tenues llamas de las velas difumina los jardines verdes y sinuosos del Elisabethenanlage, a pocos metros de la estación de tren de Basilea. El enorme ventanal circular y las luces de los candelabros, junto con el solo de piano que me envuelve suavemente, infunden esa paz tan típica de la ciudad. Quizá, en este caso, una paz típica del espacio que una vez albergó el Totehüüsli o cementerio de la catedral. O quizá sea el blanco inmaculado de las paredes en armonía con el suelo gris, la calidez de la madera, los cuadros y los libros sobre la gran mesa redonda en el centro de esta antigua capilla, que me sumergen en el ambiente acogedor del Kaffè Kultur Bar Zum Kuss. Como en búsqueda de un beso que me acaricie con ternura y suavidad, que me arrope y cobije desde dentro, aquí me resguardo del frío de diciembre mientras me rodeo del ya no tan extraño sonido del alemán local.

Como si de un beso sonoro se tratase, resuena en mí el nombre de este café en una cultura que siempre imaginé lejos del roce gentil de unos labios. Besos de hola, de adiós, de te quiero, de abrázame. Los besos dados y los besos por venir. De repente me doy cuenta de la importancia que tienen los besos para mí y cómo dirige mis pasos y destino.

En mi “Buenos Aires querido” el beso es omnipresente. Nos besamos al levantarnos y al acostarnos, al entrar y al salir de casa, en el trabajo, se besan entre mujeres y entre hombres. ¡Hombres! Los hombres se besan entre sí sin ningún tapujo, con orgullo, mostrando cercanía, intimidad.

En España se dan dos besos, pero entre hombres solo cuando son familia o hay mucha confianza. En Francia son dos o tres, dependiendo de la zona. En Alemania, Suiza, países Escandinavos o Gran Bretaña el beso escasea por doquier. Entre padres e hijos es más común, pero ni siquiera entre mujeres es un acto habitual con amigos. Y por supuesto que en el trabajo el beso es inexistente. Seguro habrá excepciones, pero son eso, excepciones.

Y es quizá esa cercanía que da el beso, esa acto íntimo e informal que abunda por mi ciudad porteña, esa barrera que se rompe cuando se juntan las mejillas, ese calor que abriga desde adentro, lo que me hace falta, lo que añoro.

(Zum Kuss: podría traducirse como del alemán como “en casa del beso”)

 

VOLVER

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Vuelvo a los abrazos de siempre,

a esos que aprietan hasta reencajar el alma.

Vuelvo a los abrazos nuevos,

abrazos que abren sendas insospechadas.

Vuelvo al mate y a los sabores de infancia,

que despiertan al niño y las sonrisas guardadas.

Vuelvo a andar sobre baldosas gastadas,

sobre viejos surcos, sobre nuevas pisadas.

Vuelvo quizá sin nunca haberme ido,

sin sentir que existen las distancias.

Vuelvo, continuamente vuelvo,

a donde nacieron lo sueños,

a donde se realimentan las miradas.

(Buenos Aires, 24 de agosto de 2017)

SOS BRISA, SOS TORNADO

¡Cuidado! El corazón de este mar es frágil.

El cuerpo aguerrido, presto a la lucha,

mezcla de arrugas y cicatrices,

luces y sombras, dulce y salado;

pero cuidado, el corazón es frágil.

Sentí la brisa

en el horizonte de tu mirada,

la caricia suave, la cosquilla que eriza;

sentí el tornado

sacudirme desde adentro,

mover mis profundidades, ¡peligro!

Peligro, el océano es muy extenso.

Peligro, América es un océano.

Pero entre mis aguas y tus vientos

las olas son perfectas,

danzan en armonía,

se mueven acompasadas.

Sos brisa, cuidado, sos tornado,

sos calma y vendaval salvaje,

arrullo y rugido fastuoso,

y el corazón de este mar es frágil,

y el corazón de este mar se mece en tus brazos.

(a VOS)

MIS COLORES

Donde buscaba la vida encontré,
escondida entre los días,
la asfixia sin sonido,
sin olores, sin latidos,
que disecaba mis raíces,
petrificaba mi piel, aún radiante.

Entonces me vi,
allí,
mi imagen reflejada en los cristales de la cocina,
oculta entre las sábanas de mi cuarto,
nuestro cuarto,
terreno fértil,
futuro que ha pasado,
presente sin tiempo.

Con la vida entre mis brazos,
con la vida fuera de mis entrañas,
abracé el día con luces y sombras,
cubrí mi cuerpo de sudores y melancolía,
salí a la calle y grité
¡estoy viva!
Planté las huellas de mis pasos
en este camino que soy,
que escribo, que respiro,
que hoy dibujo con mis colores.

(para mi querida amiga Apolonia)

LA VIDA, PASAJERA FURTIVA

Escribo: resuelvo ser feliz;

primera persona del indicativo,

invoco a la persona,

resuelvo en verbo,

indico el tiempo,

conjugo en felicidad,

decido ser,

y entonces las palabras se vuelven espejo,

y el espejo me devuelve aquí, sobre las sábanas.

Dejo la pluma para atrapar el rayo de luz que se cuela por la ventana.

Me acaricia, tibio,

y siento,

y abandono el papel,

y no escribo, ni resuelvo, ni decido, ni conjugo.

Abrazo el silencio,

me abrasan los momentos, gritan los recuerdos,

postales de ayer,

y aparece la vida, pasajera furtiva,

la vida, furtiva, pasajera.