LA PLUMA, LA TINTA, EL PAPEL

Frente a la puerta cerrada, la opción de entrar o no ya no existía. Le temblaba el pulso al asir el picaporte pero no se detuvo. Lo único que se llegaba a vislumbrar en aquella habitación era la luz penetrando por las estrechas hendiduras de las dos hojas de la persiana, al fondo. “Seguro que todo sigue en su sitio”, pensó Alicia, por lo que se adentró a tientas. El crepitar del suelo de tablas detuvo sus pasos. Ese sonido otra vez. “Calma”, se dijo, y continuó hacia la ventana. Abrió las hojas de cristal primero y luego las de la persiana. La luz se proyectó alargada hasta cubrir el escritorio por completo, cegándola al mismo tiempo. Al volverse confirmó que todo estaba en su lugar, como hace quince años, como siempre. Y cuando se escuchó pensar “todo está en su lugar”. Sintió que la sangre se le helaba, su piel se erizaba, y miró sobre el escritorio. Allí seguía, la pluma azul y el tintero de plata. Dio un paso hacia atrás y se sintió casi desvanecer. “A, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre…” repitió su credo particular tres veces y logró recuperarse. El Padre Nuestro o el Ave María habían demostrado incrementar su ansiedad en vez de apaciguarla, hasta que un día descubrió que estas palabras eran su antídoto. Tal vez fuera porque la mirada del cura del pueblo era igual que esa otra mirada que la esperaba en aquella habitación. Volvió a contemplar la pluma y casi podía sentir el cosquilleo de sus barbas rozándole la piel. Respiró, inhalando y exhalando lentamente, como le enseñaron, y consiguió dar el primer paso hacia el escritorio. Se acercó sin quitar la vista de aquella herramienta tan bella, tan creativa, tan dañina. Retiró la silla y se sentó. Más de cerca pudo sentir el olor característico del papel que siempre estaba allí, ese olor dulzón a celulosa estacionada, con dejos de vainilla, aquel color marfil, el tacto granuloso. “Ven aquí, ves, la tinta necesita de un papel especial como este, para poder mantener el trazo y que no lo traspase”, decía don Jacinto. Cuántas veces quiso olvidar esas palabras inocentes, en apariencia. “Ven, hija siéntate en mi regazo”. Las manos comenzaron a temblarle nuevamente y su corazón a acelerarse. “A, ante, bajo, cabe, con, contra….”. Durante años su único anhelo había sido huir de ese sitio, y ahora estaba allí de nuevo, enfrentándolo para poder seguir.

Pasó su mano, aún vacilante, sobre el papel. Sintió la rugosidad y se dio cuenta de que más allá del dolor evidente infringido allí, existían secuelas de las que no había sido consciente hasta ese mismo momento. Ella, escritora, amante de los sentidos, se había separado de una de las sensaciones más básicas: el olor de la celulosa y de la tinta, sus tactos, el arrullo de la pluma acariciando el papel, los dedos manchados. “Qué asquerosamente aséptico e impasible es el mundo virtual”, sentenció susurrando. Quizá ahora era el momento de pasar página y recuperar esto.

Dio un paso más. Cogió la pluma. Y para su sorpresa, mantuvo la calma. El pulso le jugaba nuevamente una mala pasada, pero era solo eso, no había nada más que la desarmara como antes. Esbozó una sonrisa. Entendió cuánto más peso tiene un fantasma etéreo que la sólida realidad. Al poner la pluma en su sitio, la mano aún temblorosa golpeó el tintero, y la tinta comenzó a salirse a borbotones. Rápidamente se puso de pie para evitar mancharse y observó cómo se formaba un hilo azul que comenzó a descender por el escritorio. Descendió por una de las patas, y usando un hendidura entre dos tablas del suelo, siguió camino hacia la puerta. Una vez fuera de la habitación, dobló a la derecha, bordeó la pared por un zócalo hasta llegar a la antigua escalera de madera. Continuó hacia la planta baja y emprendió camino a través de la sala. Esquivó al médico que estaba atendiendo a su madre y montó por una mesilla ubicada en el centro. Aceleró para cruzar a través de una foto de familia y tachar de ella a Don Jacinto. Bajó nuevamente y se encaminó al comedor. Eludió al forense y llegó a la mesa principal. Trepó, esquivó un vaso de whisky y se enfiló derecho hasta alcanzar la carta que ella le había escrito a su padre hacía una semana y que ahora estaba al lado de su cuerpo y debajo del arma. La cruzó en diagonal a través de las palabras: jamás, perdón, revelaré, verdad, libro; y se detuvo para dibujar el punto final que Alicia había olvidado de colocar.

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