SER-HACER

Premisa: uno “es” a partir de “hacer”. Ergo, uno existe a partir de la acción: el cantante nace al cantar, el actor al actuar, el músico al tocar, el pintor al pintar, el escritor al escribir. Hasta aquí muy bien, entonces si escribo, soy escritor ¿o no? Porque si nadie me lee, ¿lo soy? ¿vale la pena la cirugía verbal, la búsqueda de un estilo, la arquitectura sintáctica, si las páginas quedarán enterradas entre las cuatro paredes un cuarto oscuro sin llegar a revelarse para nadie?

Digámoslo en francés: Les métiers llevan en su naturaleza un ménage à trois: se necesita de un tercero que medie en nuestro hacer para existir verdaderamente: un médico requiere de un paciente, un abogado de un cliente, un arquitecto de alguien que habite su obra, al igual que un albañil precisa una pared que de utilidad a su trabajo o un transportista a una persona o un objeto que llevar.

En las artes pasa lo mismo: sin espectadores, un músico, un actor, un bailarín se queda a medio camino, o en el acto de la masturbación artística, playing solo. Un escritor sin lectores quizá es, simplemente, un avezado escriba de diarios personales, se trate del suyo propio o del de sus personajes.

Y en nuestra sociedad hay una trampa añadida: cuando me preguntan “¿a qué te dedicas?” , quisiera decir “soy escritor”. Sin embargo, la pregunta va ligada al medio que nos permite pagar nuestra subsistencia y no al que alimenta nuestra alma. Siento un desdoblamiento del “ser” entre uno, digamos, espiritual y otro monetario. Y al responder cae sobre mi cabeza un pesado bloque de hormigón que me recuerda que no quiero ser lo hago, sino lo que me siento. Como dijo Laila Guerrero, “la forma en la que una persona puede, al fin, corregir ese error de paralaje” entre dicha pregunta y su respuesta, es mediante la (primera) publicación, a lo que yo agregaría: y a través el lector. Eso sí, la dignidad del arte, ese compromiso amoroso con el mero hecho de escribir, de pintar, de actuar, de tocar, late siempre inalterable en artista. Dicotomías entre “ser-hacer” y “ser-ser”.

El arte vive sempiterno en la dignidad y a la vez puede quedar escondido en el aplauso desgarrado de unos pocos espectadores, siempre necesarios para su existencia.

(refelxión escrita para “La vidad furtiva de los sentidos” acerca de La dignidad del arte, del Libro de los abrazos de Eduardo Galeano)

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